jueves, 27 de marzo de 2008

UN CUENTO Y A DORMIR...

Hola a todos(as) quería compartir con ustedes este cuento que escribí para un concurso literario. Espero que no se duerman antes de terminar de leerlo
Un abrazo

EL DUENDE
La tarde limpia se despedía de las montañas serranas para dar paso a una infinita oscuridad. Toda la pampa se mostraba tenebrosa, los cerros parecían enormes gigantes dormidos, iluminados apenas por las brillantes estrellas.
Desde la humilde casa de María se podía contemplar todo este panorama antes de llegar la hora señalada. Cuado esta comenzaba se cerraban puertas y ventanas. Toda la familia lo sabía, cuando, las aves dejaban de cantar, los perros buscaban abrigo y el silencio se dejaba ver; entonces era el momento y había que respetar las normas a rajatabla.
La Brígida que vivía a dos kilómetros cerca del río no cumplió. Una noche bastante iluminada, con la luna llena mirando su puerta se animó a dejarla abierta para contemplar el cielo.
Su marido El Eusebio se había ido al pueblo a vender papas y no venía hasta el día siguiente. Sus hijos ya dormían sobre la paja caliente, muy juntitos para protegerse del frío.
Jacinta, la pequeña, apenas se dejaba ver, metida entre la gruesa piel de oveja que usaban para abrigarse. Samuel más vivaracho se acurrucaba a su hermana y se cubría también con una vieja manta que trajo su padre del pueblo.
Con los niños durmiendo y su marido fuera, la nostalgia invadió la casa y La Brígida quiso acompañarse de la noche, con sus estrellas y la luna, pero las normas por algo habían sido impuestas y ella lo comprendió demasiado tarde.
No recuerda ni como ni cuando se quedó dormida. La despertó un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, empezó por los pies y no se detuvo hasta llegar a lo mas hondo de su corazón. Vio la puerta que había dejado abierta y sintió miedo, se levantó a cerrarla y volvió a su cama.
¡Mamita, Ma Brígida! lloraba su niño, ¡El Duende! ¡Que se la lleva mamita! ¡El Duende se la lleva! Por mucho que gritaron y lloraron, Jacinta no volvió. Se esfumó con la noche. El duende se enamoró de sus cinco años, de sus mejillas rosadas, sus ojitos negros y sus trenzas largas.
Los vecinos no tardaron en llegar y entre ellos María. Brígida lloraba, gritaba y quería correr hacia las montañas, trataban de darle alivio con sorbitos de manzanilla. El niño en cambio estaba tranquilo y explicaba paso a paso todo lo que vio y dejo de ver.
En la sombra de la noche, pudo ver como un niño desnudo le hablaba a su hermana, era muy blanco, estaba de espaldas, era pequeñito y no tenía pelo. Le susurraba bajito, parecía que cantara. La Jacinta se levantó, sin soltar la manta de oveja se puso de pie le dio la mano y se fue con él. Nunca le vio el rostro, a los duendes no se les puede ver la cara. Todos los sabían, por eso el se cubrió la cara con su manta y por mas que llamaba a su hermana ¡Jacinta! ¡Jacinta bonita no te vayas con el, es el duende! ¡Vente hermanita! Ella marchó dando saltos y se perdió en la oscuridad.
Cuando llegó el marido , se asustó de ver a tanta gente y buscó a su familia. La Brígida exhausta de llorar estaba callada, con la mirada lejana y Samuel jugaba con los otros niños. Los vecinos explicaron sin omitir detalle, todo lo que había pasado. ¡El duende vecino! ¡El duende te ha quitado a tu Jacinta! ¡La tendrá dentro de alguna montaña! ¡Ya nada podemos hacer!
¿Quién abrió la puerta? Si llegada la hora hay que cerrarla. Son las normas… Fue lo único que pudo decir. Luego soltó a llorar también.
María llegó a toda prisa a su casita de barro, ya el cielo se pintaba de negro y la hora llegaría pronto; su Juancito dormía placidamente cerca del fogón que tenían en la cocina. Toda la familia dormía allí para abrigarse. Sus dos hijos y ella estaban acostumbrados al duro suelo de tierra negra, tendían sus pieles de oveja y se acurrucaban todos juntos para cubrirse con una manta gruesa y raída. Muy pronto su Esteban que ya tenía 15 se iría a buscar fortuna a las minas, sólo le quedaría su Juan que a sus 12 años se convertiría en el hombre de la casa y debería asumir también los trabajos que hacía su hermano. Llevaría a pastar a las ovejas y bajaría al pueblo a vender queso y leche de las cabras.
Pero Juan todavía no entendía toda la responsabilidad que se le venía encima, a el le encantaba ser niño. Durante el día jugaba con los perros, acompañaba a su hermano y las ovejas pero nunca se quedaba quieto, siempre corriendo, cantando, gritándole a los gallinazos que siempre esperan pacientes y hambrientos que ocurra una desgracia.
Llegó el día y el hijo mayor partió para la mina; María aprovecho toda la tarde para hablar con Juan, quería hacerle entender las responsabilidades que debía asumir como hombre de la casa. ¡Yo no quiero Mamita! ¡No quiero ir al pueblo, la gente se burla, me dicen serrano, analfabeto!… No quiero ir al pueblo!
¡Juancito, mi niño!, ¿Y cómo comemos entonces? ¿Sólo nos alimentamos de queso y leche? ¿Y si nos quedamos sin ovejas? Hay que ir al pueblo a conseguir algo de dinero y cambiar nuestros productos por patatas, trigo, harina para hacer el pan. Yo no puedo ir, con estas piernas que están viejas como yo y que tanto me hacen sufrir. Ni siquiera puedo subirme al asno. ¡Somos pobres y hay que hacer sacrificios, debemos trabajar!
¡Yo te voy a hacer rica mamita! ¡Tengo un lugar secreto en la montaña! ¡Donde todo brilla!
¡Ovejas de oro, gallinas de oro, pollitos de oro! ¡Seremos ricos y El Esteban ya no tendrá que irse a la mina!
María decidió no insistir, el niño era muy fantasioso. Talvez había oído a los viejos hablar de estas cosas. Antiguamente la gente creía mucho en las enormes fortunas que los incas habían enterrado en las montañas para evitar que los españoles se apoderaran de ellas; pero también decían que estas fortunas estaban custodiadas por espíritus llamados duendes que embrujaban a las personas por medio de su codicia o su necesidad, les mostraban plata y oro en montañas secretas y luego cuando estos venían por ellas no encontraban el regreso a casa y se perdían entre los cerros.
Es por ello que se establecieron normas, la tradición decía: “A la hora señalada, cuando el día y la noche están juntos, nadie debe ser testigo del cambio que hay en las montañas”. Los vigilantes de este misterio pasean atentos por las extensas pampas para sorprender a aquel que intente incumplirlas e imponerle una sanción que nunca se olvida.
oscuridad. María siempre es la última en acostarse, su Juan ya duerme apacible y su carita se ve iluminada por las llamas del fogón. Esta exhausta, ha sacado toda la mala hierba del pequeño huerto que La noche llega como todos los días y a la hora señalada puertas y ventanas dan la espalda a la tiene. Dicen que este año si lloverá y la tierra ha de estar preparada. Pronto se queda dormida abrazada a su niño para darle calor.
Y Entonces sucede. ¡No es el! ¡No es su Juan el que está a su lado! Ese escalofrío que recorre sus entrañas se lo dice todo. No puede mirarle a la cara, a un duende nunca se le mira a la cara porque es el diablo. El terror se apodera de ella, el duende ha ocupado el lugar de su hijo. ¿Dónde está su hijo? ¿Qué ha hecho con su Juan? Sin pensarlo siquiera, porque una madre no piensa solo actúa cuando peligra la vida de un hijo. Sale corriendo hacia la puerta sin mirar atrás, aún sintiendo que el la persigue que esta a punto de alcanzarla el duende pasa por su lado y sigue corriendo sin detenerse y María tras el. No es su hijo lo sabe, es apenas un niño, pequeñito, blanco y desnudo; pero ha de seguirle entre las montañas para encontrar a su Juan.
Las montañas se abren como por arte de magia y se van cerrando tras ellos, María no mira atrás, ha de encontrar a su hijo, hay mucho niños allí, son unos bebes apenas todos le dan espalda y se ocultan d
ebajo de las grandes piedras, no ha de mirarlos a la cara, las normas lo dicen, ella ha de seguir corriendo hasta el infinito.
¡Mamita! ¡No te escondas Mamita! ¿Dónde estás? Abrí la puerta para buscar el tesoro y hacerte rica. ¡No te enfades mamita! ¡No hay duendes es mentira y tampoco hay tesoro! Los incas mienten mamita. ¿Dónde estás?
La humilde choza es enorme para Juan, sin su madre todo es inmenso; la casa, las montañas, el cielo y el silencio.

9 comentarios:

àngels patch dijo...

ME HA GUSTADO MUCHO EL CUENTO. SEGURO QUE TE DIERON UN PREMIO CUANDO LO PRESENTASTES.
SOY LA PRIMERA EN FELICITARTE, PERO VERAS COMO LES GUSTARA A TODOS,

AH????? NO ME HE DORMIDO, ES DIVINO


BESOSSSSSSSSSSS.

ÀNGELS

àngels patch dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Andre Louis dijo...

Fantástico. Pone los pelos de punta, pero es conmovedor. Mucha suerte en ese concurso. Saludos!

Andybel dijo...

.-CECILIA: La vida es sueño, y los sueños, sueños son...

.-Nos leemos.

Cecilia dijo...

Hola a todos, muchas gracias por vuestros comentarios. estoy experimentando con la narrativa, de momento lo intento sé que falta muchisimo para conseguir historias envolventes.
Este cuento lo escribí para un concurso para extranjeros, en el pueblo donde vivo la ribera d´ebre (lo escribí en catalán y salió publicado). El premio era ese aparecer en un libro.
Un abrazo

anamorgana dijo...

No me ha gustado,me ha encantado.Pero que bien escribes. Felicidades.Besos
anamorgana

Andre Louis dijo...

se echa de menos que actualices

Jose Antonio dijo...

Hola me he tropezad con tu blog, y me he quedado fascinado, esta bastante bien, tanto el diseño como tus letras. Si quieres, puedes pasarte por mi Blog http://sombradeender.blogspot.com/
Cuidate¡!

Jose Antonio dijo...

Saludos¡! Gracias por el esfuerzo de leer cada una de mis lineas y dejar un comentario. Significa mucho para mi, ya pensaba que mis hijas no le interesaban a nadie.
Por otro lado, sigo pensando que tus lineas son buenisimas, me sorpredieron cuando te lei la primera vez. Y no se porque, pero cuesta trabajo encontrar personas que escriban, y lo hagan bien.
Por cierto¡, si estas leyendo algun libro ahora mismo, o as leido alguno que te marcará ¿podrias recomendarmelo? gracias.
Cuidate¡!